martes, 17 de octubre de 2017

El cuadro. Capítulo 26


- 26 -



Tan rápido como pudo, Rubén se vistió con ropa ligera y guardó en su bolsa de tela el pasaporte, dinero, cuaderno de notas, toda la documentación en papel y la tablet donde afortunadamente conservaba una copia de las imágenes. Apagó las luces y miró a su alrededor, buscando en cada rincón del estudio algún punto luminoso. Si habían utilizado un sistema de escucha por laser en casa de Isabel posiblemente él también estuviera siendo espiado. Solo la luz filtrada por el ventanal del balcón daba a la estancia un ambiente seguro y tranquilo. Miró el reloj. Faltaban quince minutos para que marcara la una de la noche.

Atravesó la plaza de las Comendadoras hacia calle Amaniel y de allí se adentró por calle Cristo. Aún había gente sentada frente a las mesas de la calle peatonal. Caminó por el centro, entre las mesas situadas en las fachadas de los antiguos edificios del viejo Madrid. En la ajardinada plaza de Guardias de Corps también se gozaba de un ambiente tranquilo mientras los niños jugaban entre los árboles. Giró hacia la izquierda bajando la calle del Limón. Era estrecha como estrechas las aceras, con un carril de único sentido en dirección al centro y una zona de aparcamiento en el margen izquierdo. Rubén continuó ajeno al ruido de las tabernas tradicionales. No había nadie, solo él en aquella larga y estrecha calle. A la altura de la Taberna Lata de Sardinas pudo ver con claridad una moto de gran cilindrada color negra. Era la misma que días anteriores le había seguido. Aminoró la marcha sin dejar de mirar a la persona que estaba sobre la moto, en la esquina con la travesía Conde Duque. El casco y la cazadora negra contrastaban con el rojo de la fachada contigua, como si ambos colores fueran una señal de peligro. Quien fuera la persona que se escondía tras el casco, permanecía quieta, en silencio, con las manos sujetas al manillar y la cabeza erguida, sin dejar de observarle. A pocos metros de la travesía, frente al Café Rustika, Rubén se colocó la bolsa de tela a modo de bandolera, sujetándola con fuerza. Tenía un mal presentimiento, el mismo que surgió en la Basílica de Marsella. Otra vez se encontraban cara a cara.



A partir de ese momento, en el cruce de miradas, los acontecimientos se precipitaron. Tras un sospechoso movimiento, aquella silueta negra  levantó el brazo dirigiendo el cañón de una pistola hacia él. Rubén saltó instintivamente  entre dos coches aparcados en fila. Primero sintió el impacto de un proyectil en la luna del coche trasero y pequeños trozos de cristal rebotando sobre el capó. Sin apenas tiempo de reaccionar para cubrirse la cabeza, un segundo impacto destrozó el espejo retrovisor izquierdo lanzando fragmentos de plástico y cristal por toda la acera. En ese momento Rubén cruzó agachado hacia el otro lado de la calle para refugiarse en una amplia y profunda entrada de garaje. En el umbral esperó agudizando el oído, pendiente en todo momento del rugido de la moto. Apenas podía respirar, sus manos temblaban al ritmo de un corazón a punto de estallar. De espaldas a la pared, se inclinó un poco para intentar mirar por la esquina. Un segundo bastó para descubrir que la silueta oscura aceleraba dirección suya.



Instintivamente cogió la bolsa de tela con fuerza para lanzarla contra el motorista en cuanto lo tuviera a la vista. Se agachó y esperó. En ese instante, se escuchó un grito. No era de terror, era un grito de furia, acompañado de un golpe seco de la moto contra la calzada. Un tercer disparo alertó definitivamente a los vecinos y clientes de las tabernas que salieron expectantes. Rubén estaba desconcertado. Miró nuevamente hacia atrás sin dar crédito a lo que sucedía. Alguien había surgido por un lado de la travesía y estaba forcejeando tras derribar la moto. Era el momento de escapar en busca de Isabel antes de que volvieran a localizarlos. Se dispuso a regresar sobre sus pasos cuando fue consciente de que el recorrido era más largo. El mejor camino era continuar hacia donde estaban los dos hombres peleando y salir por uno de los lados de la travesía. Se colocó de nuevo la bolsa de tela, tomó aire y dobló la esquila todo lo rápido que pudo. Al llegar al cruce descubrió que la pistola estaba a cierta distancia de los dos hombres. Mientras ellos seguían golpeándose, Rubén la cogió escondiéndola en la bolsa dirección calle Juan de Dios. Su única opción era dar un rodeo por la manzana hacia el centro.



-Isabel sal ahora mismo y dirígete hacia el punto de encuentro -ordenó por teléfono sin dar explicación alguna.

Rubén aminoró la marcha cuando entró en la calle San Leonardo. Era más estrecha que las anteriores, con pivotes a ambos lados para impedir estacionar sobre la acera. Descendió con cautela, pasando por el restaurante mejicano, el oriental y el gastrobar hasta un ensanche. Ante sus ojos se alzaba como una montaña rocosa el Edificio España, un coloso dormido en el centro mismo de Madrid. Isabel esperaba impaciente en aquella pequeña plazoleta.

-¿Qué ha pasado?

-Me han disparado mientras iba a la tienda -Isabel palideció-. Tranquila estoy bien. Afortunadamente pude escapar.

-¿Quién te ha disparado? ¿Ignacio Gorján?

Ambos comenzaron a caminar por la parte trasera del Edificio España vigilando que nadie les siguiera.

-No, al contrario, él me ha salvado la vida. Apareció por una de las calles y comenzó a pelearse con el motorista. Pude verle bien mientras escapaba.

-Entonces ¿quién es el motorista?

-El mismo que me atacó en Marsella. De eso estoy seguro. Lo que no comprendo es la posición de Gorján. Pensaba que era el que nos espiaba, la persona que intentaba impedir que siguiéramos la investigación.

Caminaron hasta el final de la calle Maestro Guerrero, junto a la arboleda y la fachada plomiza del edificio llena de grafitis, con las ventanas de cristales polvorientos y persianas carcomidas. A la luz de las farolas, con la media luna, el edificio tenía un aspecto fantasmal, como una amenazante fortaleza o extraña ciudad de piedra blanca y ladrillo. El diseño perfectamente simétrico, emergía sus 117 metros en forma escalonada dando la sensación de fundirse con el cielo. Al llegar a unos contenedores de reciclaje, encontraron una pequeña puerta metálica color gris situado en uno de los huecos. Aparentemente no podía abrirse desde fuera. No había cerradura ni picaporte. Rubén empujó levemente la hoja derecha hasta que escuchó un leve clic. La puerta se abrió unos centímetros.



-¡Ya está abierta! -susurró mientras indicaba a Isabel que entrara.

Al cerrarse nuevamente, la oscuridad los envolvió como un manto negro. Permanecieron unos segundos en silencio sin moverse, con todos los sentidos alerta. Antes de reconocer el terreno debían estar seguros de que no había nadie más. Luego Rubén sacó de su bolsa de tela dos linternas de Led que se acoplaron en la cabeza. Por un instante creyeron haber viajado al pasado. La planta baja en la que se situaba el vestíbulo y la superior seguía conservando el mismo diseño de los años cincuenta con todo un lujo de mármol y cristal. A la luz de las linternas parecía estar en una especie de Titanic naufragado, en un lujoso rascacielos donde el tiempo se había detenido.



Llegados a lo que parecía ser la entrada principal, Rubén advirtió un sonido muy familiar que provenía de la calle. El rugir de una moto de gran cilindrada avanzando lentamente, como si el conductor buscara algo concreto. Inmediatamente apagaron las linternas quedando unos segundos en silencio. Era inconfundible aquel sonido.

-Tal y como nos había advertido BJ. Nos tienen localizados -comentó Rubén-. Vamos al piso superior. Quiero ver sus movimientos.

Con la tenue luz de la linterna de él, se dirigieron a una de las escaleras de mármol hasta la primera planta. Allí podía distinguirse mejor la estructura interna del edificio gracias a la luz que entraba por los grandes ventanales. Aunque la contaminación exterior y la falta de ventilación formaban una capa parduzca en los cristales, podían moverse con cierta seguridad sin necesidad de linternas. Rubén se acercó a una de aquellas ventanas desde donde se divisaba la calle Princesa y al fondo la Plaza de España con el Monumento a Cervantes en el centro. Era la segunda vez que disfrutaba de aquellas extraordinarias vistas y seguía causándole el mismo sentimiento de fascinación.




-Parece que está recorriendo todo el perímetro del edificio, buscando un lugar por donde entrar.

El motorista paró frente a la puerta principal para consultar un dispositivo electrónico, parecido a un GPS. Consultó los datos de la pantalla y luego recorrió con la mirada la trayectoria que habían trazado. Finalmente levantó la cabeza hacia las primeras plantas del edificio. Isabel retrocedió instintivamente para ocultarse en la penumbra.

Rubén cogió inmediatamente los smartphones y sacó la tarjeta de memoria de cada uno. Luego borró la información de la memoria interna y eliminó los historiales, cookies, claves y cuentas de correo electrónico.

-¿Qué vamos a hacer? -preguntó Isabel dando por hecho que nunca más volvería a ver su dispositivo móvil.

-Lo vamos a entretener un rato mientras escapamos. Quédate aquí un momento mientras subo varias plantas para dejar los smartphones en un lugar que lo desvíe de nuestra salida.

-¿Me vas a dejar sola? Estás loco. Yo voy contigo.

Rubén asintió ante el pálido rostro que se dibujaba en Isabel. Ambos continuaron subiendo durante varios largos minutos hasta llegar a las plantas de apartamentos. El panorama era más desolador. Isabel sintió un escalofrío en aquel mundo de tinieblas y sombras, desnudo, polvoriento. Si la fachada seguía conservando ese majestuoso aspecto que durante décadas dominó el eje social y cultural de Madrid, a partir de la planta de apartamentos parecía un gigantesco monstruo del que solo quedaba el esqueleto. Las obras de rehabilitación se iniciaron con el derrumbe de muros y desmantelamiento de techos, suelos, sistema eléctrico y tuberías de agua y gas. La estructura, a diferencia de otros rascacielos de la época, no estaba compuesta por vigas de hierro sino por hormigón, lo que daba un aspecto más tétrico y siniestro. En algunos lugares habían tapado los agujeros del suelo con tablas de madera y en las zonas de escaleras que ascendían a los demás apartamentos las barandillas habían sido sustituidas por mallas de plástico más para quitar el miedo que como soporte anticaídas. A Isabel, aquello le parecía un escenario típico de las películas de terror de Serie B, las que con bajo presupuesto conseguían llevar al espectador a un estado de pánico total. Conforme se movía la linterna, las sombras adquirían vida. El polvo, la humedad y los destrozos de picos y martillos creaban siniestras figuras en el suelo y pilares. A veces daba la sensación que algo se movía, oscuras figuras, fugaces sombras que se mezclaban con la penumbra. La imaginación de Isabel iba volando como un profundo sueño de temores, expectante ante la aparición de algún ser sobrenatural, espectro o criatura del inframundo. En ningún momento se separó de Rubén, quien parecía controlar la situación desde una perspectiva más escéptica y racional.

Finalmente llegaron a un lugar donde Rubén ya estuvo tras recuperar el cuadro. Hasta el cierre definitivo del edificio, hubo unos pocos inquilinos que aún vivían. Y prueba de ello eran las paredes empapeladas, pintadas sobre ladrillo o con azulejos blancos como si aún estuvieran habitadas. Tras el desalojo y la paralización de las obras en 2008, el abandono total permitió la entrada de okupas. Rubén supo que aquel era un lugar perfecto para esconder los dos smartphones y ganar más tiempo antes de que el hombre de negro descubriera la trampa. Una vez cruzado un pasillo de la planta quinta, donde antaño hubo un hotel, llegaron a una especie de oficina con mesas, estanterías y papeles revueltos. Allí dejaron los smartphones activados. Luego volvieron por otras escaleras que daban a uno de los patios interiores. Una vez en la planta baja, Rubén sacó una hoja de papel donde había imprimido un sencillo plano que llevaba hasta la entrada de las galerías subterráneas del viejo Madrid.




-Sigo pensando que podíamos ir mejor cogiendo un taxi o el metro hasta el lugar donde nos espera BJ -Isabel quería evitar adentrarse por oscuros y estrechos túneles que Dios sabe donde los llevaría.

-Ya leíste a BJ, hay cámaras de vigilancia por todo Madrid y los hackers pueden perfectamente seguirnos hasta darnos captura. Si trabajan para el magnate ruso, tienen los recursos necesarios para acceder al sistema de tráfico y seguirnos.

La explicación no convenció del todo a Isabel, pero no tenía otra opción salvo el quedarse allí. Rubén consultó el plano y siguiendo las indicaciones bajaron los sótanos en busca de una especie de pozo junto a uno de los grandes pilares. Según BJ estaba tapado con tablones.





jueves, 7 de septiembre de 2017

El cuadro. Capítulo 25


- 25 -


Sentía como la cabeza iba a estallar mientras un sudor frío iba recorriendo todo su cuerpo. Temblaba con cada paso, intentando mantener el equilibrio sobre la alfombra persa con el vaso de Whisky en una mano. Solo tenía una única obsesión: descubrir quién le había delatado y recuperar aquello que más ansiaba su jefe. Necesitaba limpiar su nombre, recuperar su dudoso honor y la confianza del hombre más importante e influyente de Rusia. Y no tenía otra alternativa que confiar en las dos únicas personas que hasta el momento les había importado poco: Isabel y Rubén. Ellos podían ayudarle, eran buenos chicos. Solo tenía que contarles la verdad.

Se acercó a la ventana apoyándose en el quicio. La luz de la ciudad se proyectaba sobre su rostro abatido como el de un fugitivo acorralado. Observó la calle. Ya no confiaba en nadie. Conocía perfectamente los procedimientos de la mafia rusa. Aunque su jefe era un magnate respetado, el pasado no le había suavizado el carácter y la forma de proceder ante situaciones comprometidas. Seguía siendo ese joven oficial de la policía secreta soviética que se ganó la confianza de Stalin a través del terror. Nada había cambiado. La política de su imperio seguía siendo la misma pero a nivel comercial y todo lo que pudiera interponerse ante sus intereses debía ser eliminado. Por este motivo Ignacio Gorján sabía que el mero hecho de poner en peligro el negocio de Prestupleniye suponía la muerte en todos los sentidos, una muerte lenta o rápida dependiendo de quien la ejecutara y de cual había sido el “delito”. En su caso, las circunstancias requerían rapidez y profesionalidad. Nada debía dejarse al azar.

Miró detenidamente al otro lado de la calle. Buscaba sin saber qué debía encontrar. Solo su instinto podía avisarle de cualquier anomalía ante una aparente calma. Era la noche del viernes y la calle se llenaba de gente camino de los teatros y restaurantes del centro. Cualquiera podía ser el asesino. Tras un rostro vulgar podía esconderse su verdugo y una mirada fugaz o un gesto inconsciente le podía delatar. Solo era cuestión de tiempo. Tomó el último sorbo dejando caer el vaso de Whisky en la mesa escritorio. Apenas podía tenerse en pie. Sacó un pañuelo de seda del bolsillo del pantalón y lo pasó por la frente para limpiarse el sudor. Volvió a acercarse a la ventana comprobando nuevamente que nada había cambiado. De vez en cuando se iba uno de los coches estacionados y rápidamente ocupaba el aparcamiento otro con rápidas maniobras. La mayoría era gente joven o parejas dispuestas a pasar una tranquila velada. Ignacio sonrió por un momento. «La vida siempre te devuelve los golpes», pensó. Antes de comenzar a trabajar para el magnate ruso en los departamentos financieros de una de sus empresas, estuvo destinado en seguridad. Su misión era vigilar empresarios, buscar sus puntos débiles y preparar informes que luego servirían ante cualquier negociación. Y la vida le había puesto en ambas situaciones: de vigilante, pasando las horas frente a la ventana de cualquier hotel o piso, a ser vigilado. Miró su reloj sin aparente interés. Eran las doce y media de la noche. El coche que veinte minutos antes había aparcado volvió a salir mientras otro esperaba a cierta distancia. Ignacio observaba como ambos hacían maniobras, casi coordinados, como si se tratara de una coreografía. Eran coches viejos, posiblemente comprados de segunda mano, y ambos del mismo fabricante y marca. Sin embargo, había algo que llamaba la atención. Estaba casi convencido de que el coche que había aparcado era el mismo que estuvo veinte minutos atrás en aquel mismo lugar. Miró detenidamente y ciertos detalles confirmaron sus sospechas. Dos coches se turnaban cada veinte o treinta minutos para hacer guardia frente al portal de su casa. Solo era necesario que un vehículo estacionara en doble fila mientras el otro salía del aparcamiento.



El ritmo cardíaco y la respiración de Ignacio se dispararon mientras sentía como su cuerpo se ponía en alerta. Comenzó a dar vueltas por el estudio intentando concentrarse. Miró por la ventana descubriendo que los ocupantes del vehículo seguían dentro. Tras unos segundos vacilando, decidió despejarse con una ducha de agua fría. Rápidamente se vistió con ropa más cómoda y comenzó a recoger documentación falsa y dinero para poder salir del país bajo otra identidad. El problema residía en cómo salir de allí. Había dos salidas, la principal y la del parking, que sin duda estaban vigiladas. Si hasta el momento no habían entrado significaba que esperaban a que él diera el primer paso. Tampoco se atrevía a coger el coche por temor a que lo hubieran manipulado. Tenía que pensar alguna solución.

Dieron las una menos diez de la noche. Pronto volvería el otro coche para hacer el relevo. Pero no. Ninguno se puso en doble fila a la espera de que el estacionado lo pusiera en marcha y dejara libre el aparcamiento. Se mantuvo unos minutos más y luego tuvo una reacción inesperada. Ignacio vio como el conductor atendía una llamada de teléfono, ponía en marcha el vehículo y salía a toda prisa por una de las calles circundantes. Aquello era ilógico. ¿Por qué había decidido marcharse sin esperar a que llegara el otro coche?

No era el modo de actuar que esperaba. Por la rapidez con que había salido parecía que huía. ¿Pero de qué o de quién? Pronto fue consciente de que había sido una trampa. La intención de ellos era más disuasoria que amenazante. Se trataba de obligarle a estar en el apartamento, sin poder salir, hasta que llegara la policía. En eso consistía la vigilancia: llamar su atención para retenerlo.

Rápidamente cogió la bolsa de mano con la documentación y el dinero y salió corriendo por las escaleras hasta el sótano. Allí accedió al aparcamiento que lo atravesó hasta la puerta del bloque de pisos contiguo. Las luces del portal adyacente se encendieron al detectar su presencia. Se acercó a la puerta cerciorándose de que la calle estaba despejada. Respiró profundamente varias veces intentando contener los nervios y salió a la calle caminando con paso firme. A medida que se alejaba iba descubriendo numerosos coches oscuros pararse frente al edificio. El operativo policial se había puesto en marcha, lo que significaba que estaba en busca y captura.


***

Nada más salir de la ducha, Rubén vio que la luz del Smartphone parpadeaba. Tenía nuevos mensajes. Terminó de secarse y con las toallas aún puestas se dirigió a la mesita de noche. Al otro lado podía escucharse el tocadiscos con el tema “Wenn wir in höcshten Nöten sein, BWV 641” de los Preludios corales de Bach. La música producía el efecto de evadirle del mundo, envolviéndolo en otra realidad más tranquila e intelectual. Se sentó en la cama y desbloqueó el Smartphone. El mensaje provenía de la aplicación que BJ diseñó. Le sorprendió que a esas horas BJ e Isabel estuvieran conectados. Entró en el Chat y accedió a la breve conversación.

>> ULISES [Activo]
>> RC.5 [Activo]
>> IS.3 [Activo]
  
>> ULISES
Es imposible recuperar toda la información de los ordenadores. Espero que se hiciera una copia de seguridad en el Servidor.

>> IS.3
Estaba toda la investigación en el ordenador de sobremesa
¿Dices que se ha perdido toda?

>>ULISES
Sí. Se han formateado los discos duros de todos los ordenadores, incluidos los portátiles.
Por el momento mejor no conectar el Servidor. Tendré que ir allí y revisarlo manualmente.

>> RC.5
¿Qué está ocurriendo?

>> IS.3
Nos han jodido los ordenadores…eso ha pasado

>> ULISES
El mismo que pirateo el sistema de seguridad de la tienda ha vuelto a entrar
Aunque ha borrado todos los datos de los equipos, el servidor está intacto

>> RC.5
Supongo que detrás de este sabotaje estará Ignacio Gorján

>> IS.3
Seguro, el muy cabrón…
No quiere que sigamos con la investigación

>> ULISES
No le encuentro sentido
¿Por qué querría fastidiaros la investigación?
Él tiene mucho interés

>> RC.5
ULISES tiene razón. No es lógico

>> IS.3
Pues ya me diréis quién ha sido
Un momento!!!


Se produjo una pausa de medio minuto. El Chat permanecía activo a la espera de que Isabel aclarara qué estaba ocurriendo. Temían que se hubiera producido otro incidente.



>> IS.3
Veo un punto rojo en la librería. Creo que viene de la ventana de la cocina

>> ULISES
Un punto rojo? :(

>> IS.3
Sí. Hasta ahora no me había dado cuenta. Viene del edificio de enfrente.

>> RC.5
¿Se mueve el punto?

>> IS.3
No. Está quieto

>> ULISES
Joder… os han estado escuchando de nuevo a través de un micrófono láser. Tenía que haberlo imaginado

>> IS.3
A qué te refieres?

>> ULISES
Es un sistema que envía un láser a un objeto, normalmente una ventana, rebota transformándose en señales electrónicas que se filtran y amplifican.

>> RC.5
Eso significa que conocen nuestra investigación

>> ULISES
Hasta donde habéis avanzado?

>> IS.3
Hasta el punto de entrada donde creemos que se accede al oro de la República.

>> ULISES
Entonces es comprensible que, sabiendo ellos por dónde empezar a buscar, os dejen fuera de la investigación borrando los archivos

>> IS.3
Eso significa que corremos peligro. Ya no somos de utilidad. Tienen lo que quieren

>> ULISES
Creo que tenéis que iros de ahí
...
Esperad un segundo

Una nueva pausa provocó tensión en el grupo. 

>> ULISES
He detectado un spyware en vuestros dispositivos móviles. Os controlan constantemente. Tenéis que deshaceros de ellos. Os lo han rooteado y tienen acceso a todo el sistema.
...
Veo que a través de un gusano también han accedido al dispositivo de vuestro amigo Ignacio Gorján. Todos los dispositivos están controlados desde varias fuentes.

>> IS.3
Qué significa eso?

>> ULISES
Que varias personas van detrás vuestra. Ahora mismo saben donde estáis

>> RC.5
De qué forma podemos despistarlos?

>> ULISES
Tengo una idea. Id al Edificio España y cruzar Madrid a través de los subterráneos hasta la vieja estación de Chamberí. Os pasaré la información necesaria para entrar en los túneles y atravesar la red
Por lo pronto estamos a salvo utilizando esta aplicación móvil. 
Cuando lleguéis al Edificio España deshaceros de los móviles y entrar en el subterráneo
Yo os espero en la vieja estación con lo necesario para que podáis escapar

>> IS.3
No sería más fácil tirar los móviles ahora, coger el metro y llegar hasta Chamberí?

>> ULISES
IS.3, conoces a los que os persiguen? Sabes que pueden tener acceso a las cámaras de seguridad y seguiros?
Hasta ahora estamos ante uno o varios hacker con muchos recursos. Yo no me arriesgaría. Os pueden pillar en cualquier lugar

>> RC.5
De acuerdo. IS.3 prepara lo imprescindible
ULISES, nos vemos en la antigua estación de metro de Chamberí

>> ULISES
Te mando un plano más detallado de los túneles de Madrid

>> RC.5
IS.3 te recojo dentro de media hora

>> ULISES
Nos mantenemos en contacto por el Chat. Tened cuidado

>> IS.3
Esto es una locura!!!

viernes, 18 de agosto de 2017

El cuadro. Capítulo 24



- 24 -


Rubén caminó hacia la plaza de las Comendadoras tranquilo, disfrutando de la buena temperatura nocturna. Aquel viernes los bares de la calle del Limón estaban completos hasta la puerta. Muchos salían unos minutos a fumar mientras el ambiente en el interior se animaba cada vez más. El barrio en sí era acogedor. Atravesó la calle Cristo con sus tabernillas como la del Gato Amadeus o la Taberna de la Casta con pinchos y raciones al más puro estilo castizo. En el fondo, Rubén era un clásico. Le gustaba probar pinchos o platos innovadores, pero también disfrutaba de las croquetas de jamón o los buñuelos de bacalao. Salió finalmente a la calle Amaniel y, tras un par de metros, llegó a la plaza. Eran las once de la noche. Las mesas del Café Moderno y Kramer seguían en la calle con familias y parejas que disfrutaban de la tranquilidad de la noche.



Caminó por el lateral del Monasterio escuchando el murmullo de la gente en la terraza y las risas de los niños en el parque. Iba absorto, recordando las imágenes de satélite de la colina Sololaki.

-¿Señor Carter? –Preguntó una voz femenina con marcado acento francés- ¿Es usted el señor Rubén Carter?

Rubén miró hacia una de las mesas del Café Moderno. Sentada había una joven de piel muy pálida, delgada, con el pelo rubio recogido. Se levantó sin dejar de mirarle.

-Sí, soy yo –contestó desconcertado- ¿Nos conocemos?

-Soy compañera de Parisi –indicó la silla contigua invitándolo a sentarse- ¿Tiene un momento? Necesito hablar con usted de un tema importante.

Él miró a su alrededor con cierto recelo, cerciorándose de que no le habían seguido.

-Bien.

-¿Quiere tomar algo?

-No gracias ¿Cómo me ha dicho que se llama?

-No le he dicho mi nombre. Y, francamente, eso es irrelevante –a pesar de su acento, parecía dominar bien el castellano. En todo momento pretendía aparentar serenidad con una sonrisa, pero lo cierto es que estaba intranquila, asustada-. Estoy en España de vacaciones y, aprovechando mi estancia, Parisi me ha dado un paquete para que se lo entregue a usted –sacó del bolso una cajita envuelta en un papel de regalo y atada con un cordel. Era cuadrada y tendría unos sesenta centímetros. Cuando la tuvo en su mano, notó que pesaba bastante.

-¿Qué es?

-No lo sé, pero me ha dicho que se trata de una pieza muy valiosa. Esto puede ayudarles en la investigación -Rubén se dispuso a abrirlo impidiéndolo ella con la mano-. Me dijo que lo abriera en un lugar seguro.

Miró de nuevo la pequeña caja y discretamente la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.

-¿Le ha seguido alguien? -La joven negó con la cabeza-. Si tiene algún problema llame a este número de teléfono y pregunte por el agente José Olalla –apuntó el nombre y número en el reverso de su tarjeta de visita-. Es de total confianza. Ayudó a Laura, una compañera experta en restauración, en un caso de asesinato.

-Gracias y mucha suerte.

La joven se levantó y caminó indecisa hacia el otro lado de la plaza perdiéndose por la calle Amaniel. Rubén la observó vigilando que nadie la siguiera. Se quedó unos minutos sentado. Sentía el peso de la pequeña caja en el bolsillo. Palpó la chaqueta intrigado por su contenido.


***


Ignacio Gorján estaba cada vez más alterado. Era una persona tranquila, segura de sí misma. Sabía controlar sus emociones en todo momento y nunca se había puesto tan nervioso como aquel viernes. Durante toda la tarde intentó acceder a todas sus cuentas bancarias, incluidas las que gestionaba en las empresas de la zona española y latinoamericana. También le habían denegado el acceso a la base de datos de clientes, a su agenda y a red interna de la multinacional.

«No puede ser», repetía una y otra vez mientras llamaba por teléfono a los técnicos informáticos ubicados en Moscú. Nadie quería darle una razón, limitándose a responder que se trataba de un error informático, de actualización del software o incidencia en la red interna. En el departamento de Seguridad le informaron que habían sido bloqueadas todas sus credenciales y claves de acceso sin determinar el motivo.

A las once de la noche, doce en Moscú, sonó el teléfono sobresaltándole. ¿Quién podía llamarle a esas horas? Mientras cogía el auricular descubrió que el número estaba oculto. Por un momento quedó pálido. El sudor se hacía más intenso y frío, mojándole el pelo engominado y la camisa de seda. Apenas le dejaron articular palabra. Al otro lado, la secretaria de Dmitri Prestupleniye le anunciaba que debía viajar inmediatamente a Moscú para tomar café con el Jefe.

En la barra de tareas había infinidad de ventanas abiertas. Todas se habían amontonado como un mosaico de cuadraditos de colores. Ignacio permaneció largo rato mirando la pantalla sin pestañear. Todo había terminado. La invitación para tomar café con el mismísimo Prestupleniye en su despacho de Moscú, en su torre de cristal, solo podía significar que nunca volvería a ver el amanecer. Ya fuera en sentido metafórico o textual, todo había terminado. Su vida ya no valía ni un céntimo. Las tarjetas con fondos ilimitados, las grandes cuentas bancarias, los trajes caros, el coche deportivo o las cenas en restaurantes exclusivos se habían terminado. Ahora solo le quedaba una cosa: su vida.

Con mano temblorosa cerró todas las ventanas y apagó el ordenador. Necesitaba un buen trago de Whisky y pensar cómo salir de aquella situación. Alguien le había tendido una trampa. De eso no tenía la menor duda. Pero quién.

Durante unas horas podía disfrutar de su lujoso piso en pleno centro de Madrid. Abrió el mueble bar, cogió un vaso de cristal tallado y directamente vertió el Whisky sin hielo. Tomó un trago y cerró con fuerza los ojos al sentir como le quemaba la garganta. Se quitó la corbata y desabrochó varios botones de la camisa para poder respirar mejor. En el reflejo del vaso vio otro hombre, otro Ignacio Gorján abatido, despeinado y con barba de tres días. No reconocía su imagen, acostumbrado a verse bien cuidado. En muchos años, era la primera vez que se vio a sí mismo.

Caminó por el estudio en círculo pensando cómo podía descubrir al que estaba detrás de su derrota y la forma de contrarrestar el golpe que le habían dado. Sabía que toda persona tiene puntos débiles y su jefe no era una excepción. Necesitaba encontrar algo que ofrecer a Prestupleniye y de esa forma restablecer su confianza. Pero qué. Después de beber media botella, recordó que aún estaba pendiente el asunto de los cuadros. Al magnate no le importaba que Isabel y Rubén encontraran el oro de la República española, él tenía más dinero que el valor de todos los lingotes. El viejo oficial de la policía secreta soviética quería algo más importante. Y él, Ignacio Gorján, estaba dispuesto a encontrarlo y ofrecérselo en compensación.

Para lograrlo era preciso contar con la ayuda de Isabel y Rubén, aunque reconocía que no era tarea fácil. Sin embargo, estaba dispuesto a arriesgarse y relevarles toda la verdad a cambio de trabajar en común.



***

Doce de la noche. Plaza de Castilla. Juzgado de Instrucción.

El juez instructor emitió la orden internacional de detención de Ignacio Gorján. El Fiscal se encontraba en el despacho del juez mientras el grupo especial de la Policía Judicial se preparaba para la operación “Bahamas”. El objetivo era entrar en las sedes de las empresas que Gorján tenía en España, asaltar su domicilio y detenerlo.



***

El estudio quedó en la más profunda penumbra. Isabel miró la pantalla extrañada. Las imágenes habían desaparecido y, con ellas, la interfaz del sistema operativo. Parecía como si el sistema se hubiera bloqueado dejando un fondo negro. Movió el ratón y pulsó varias teclas sin resultado alguno. Apagó el ordenador y volvió a encenderlo. Al cabo de unos segundos apareció un mensaje indicando que había un error en el inicio. Inmediatamente llamó a BJ informándole del problema.

-Te han pirateado el sistema –dijo BJ sin darle tiempo de hablar-. Han entrado para bloquearte y borrar toda la información del servidor. Ahora mismo estoy repeliendo el ataque. Lo contengo, pero necesito que apagues el servidor antes de que rompan el fireware.

Isabel bajó al sótano, pulsó la clave de acceso para abrir la puerta de la cámara acorazada, y se dirigió al servidor. Rápidamente ejecutó todas las indicaciones que BJ le iba dando. Pronto las luces se fueron apagando.

-¡Joder! ¿Qué ha pasado? –preguntó mientras tiraba de todos los enchufes que encontraba.

-No lo sé –dijo BJ mientras tecleaba con rapidez-. Alguien ha entrado en tu sistema y ha borrado los archivos. El Servidor ha quedado a salvo. Es el mismo que desactivó los sistemas de seguridad de la tienda.

-¿Y ahora qué hago?

-No enciendas los ordenadores ni conectes el servidor. A partir de ahora nos comunicamos por la aplicación. Será más segura.

-Vale. Avisaré a Rubén.


Isabel se sentó intentando controlar la respiración. Se cruzó de brazos intentando calmarse. Estaba a punto de llorar.

jueves, 10 de agosto de 2017

El cuadro. Capítulo 23



- 23 -


El tiempo se había detenido. Todo giraba alrededor de aquella pantalla como el vórtice de un ciclón. Parecía que la imagen lo absorbía todo, incluida la luz. Isabel respiraba nerviosa mientras recorrían sus dedos el trazado de los símbolos en la gran pantalla. Rubén también estaba excitado al descubrir que todo era real. Después de varias semanas, aquella era la mejor noticia que había recibido, el soplo de aire que necesitaban para continuar con la investigación.

-No puedo creerlo –insistió Isabel sin dejar de mirar las líneas-. Es fascinante la capacidad de Víktor Petrograd para sorprender. Sin duda era un genio –sonreía con la misma mirada  chispeante que solía mostrar con cada hallazgo interesante.

-Dos símbolos dispuestos estratégicamente ¿Qué podrán significar? –preguntó Rubén acercándose a la pantalla.

Las sombras volvieron como cada noche para envolver ese pequeño universo exótico de figuras étnicas, lienzos, tapices y libros. Lentamente regresaba el espíritu de los guerreros para combatir las tinieblas de la ignorancia y abrir camino entre los secretos del viejo pintor ruso.

-He de admitir que existen varios niveles de lectura –dijo Isabel tras un largo silencio-. El símbolo que está superpuesto sobre la estatua de la Koljosiana es la Cruz de la Iglesia ortodoxa o cruz rusa –cogió un libro sobre el arte bizantino y pasó las páginas hasta encontrar una imagen-. Como verás en esta otra imagen de un icono bizantino, se trata de una cruz de ocho brazos con un eje vertical y tres horizontales. El horizontal central es el más grande ya que se sitúan los brazos de Jesucristo; el superior simboliza la tablilla con la inscripción “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”, escritas en hebreo, griego y latín; y el travesaño inferior es el que indica los pies.





-Curioso que en la Iglesia católica se omita este detalle.

-La razón del tercer travesaño es porque la Iglesia ortodoxa considera que los pies de Jesucristo fueron atravesador por dos clavos, en vez de uno. Y se representa inclinada porque simboliza las dos fuerzas. El izquierdo que está alzado se dirige a Dimas, el Buen Ladrón que, según Lucas, estaría con él en el paraíso antes de terminar el día. En cambio, el travesaño derecho inclinado hacia abajo representa a Gestas, el Mal Ladrón, el que no se arrepintió de sus actos e insultó al propio Jesús de Nazaret –Isabel hizo una pausa para contemplar la imagen de abajo-. Junto a Jesucristo suele representarse a la Virgen María y al Apóstol Juan.

-¿Qué significa la calavera y los dos huesos cruzados que hay a los pies de la cruz? –preguntó Rubén intrigado.

-Según la tradición, Adán fue enterrado en el Gólgota, el mismo lugar donde Jesús de Nazaret fue crucificado. La calavera representa su cabeza.

-Podemos concluir que la Cruz ortodoxa trazada sobre la estatua dorada significa, en una doble lectura, que la sabiduría, la iluminación y, por tanto, el oro de la República española está en un lugar donde se profesa el cristianismo ortodoxo. ¿Quizás una iglesia o Catedral? –Rubén volvió a mirar sus apuntes-. Francamente, en Gori, Tiflis y Bakú sobran templos de este tipo. Poco nos aporta.

-Es un primer indicio. Ya hemos establecido que es un lugar de cultura ortodoxa –amplió la imagen de la Koljosiana con la cruz rusa-. Llama la atención que trace la cruz con tantas irregularidades. Aunque el eje vertical sigue la dirección de la estatua dorada, no la representa recta. Parece que oculta el símbolo de un río o camino.

-Ahora que lo dices, es posible. Debe tratarse de un lugar por donde transcurre un camino o río importante. Puede ayudarnos a descartar lugares –las dos imágenes desaparecieron de la gran pantalla dejando paso a la ventana del explorador. Pronto entraron en la web de Google Map dirigiéndose primero a Gori, abrieron una nueva pestaña accediendo al mapa de Tiflis y, finalmente, realizaron la misma operación con Bakú-. En Gori confluyen los ríos  Liakhvi y Mtkvari, mientras que en Tiflis cruza el Mtkvari. Bakú está descartada, está situada en la costa del mar Caspio y solo tiene lagos de sal.

-Gori y Tifli son nuestros objetivos –analizó Isabel los mapas. No podía ocultar la satisfacción de estar más cerca de uno de los tesoros más importantes de España-. El siguiente símbolo puede darnos la pista final.

Ocultó las ventanas del explorador y abrió la del segundo símbolo.



Isabel se dirigió a la estantería y sacó un libro grueso. Lo puso junto al de arte Bizantino y buscó entre las amarillentas páginas.


Fuente: tendenzias.com

-¡Efectivamente! Es el símbolo alquímico del azufre. Según la tradición, es el principio activo de la alquimia, generador masculino; corresponde al fuego como el mercurio al agua y manifiesta la voluntad celeste y la actividad del espíritu.

-Si tenemos en cuenta que la cruz puede representar físicamente un río, según el cuadro la entrada debe estar en el lado oeste ¿Qué ciudad puede tener un templo en esta situación geográfica? –Volvió a poner en primer plano los mapas donde aparecieron infinidad de puntos que indicaban lugares de interés-. En Gori, lo más destacado es la fortaleza medieval de Goristsikhe, pero está en el margen derecho del río.

-Hay que tener en cuenta que estamos buscando un enclave antiguo, por lo menos que existiera en la etapa de Stalin, bien protegido o con características que lo hagan perdurar.

-En la orilla oeste del río Liakhvi en Gori no hay edificios de este tipo. En cambio sí que encontramos muchos en Tiflis.

Rubén amplió la zona del mapa. A vista de pájaro podía verse el río Mtkvari atravesando la ciudad y como esta había evolucionado a lo largo de su cauce por ambas orillas. En la parte norte y oriental se divisaban cordilleras con el extenso lago conocido como el Mar de Tiflis. Esta zona apenas se había extendido puesto que el río y el lago suponían un obstáculo natural. En cambio, por la parte occidental las construcciones avanzaban hacia la cordillera Trialeti creando una especia de triángulo o punta de flecha. Conforme se acercaba más podían observarse los raions o distritos Vake-Saburtalo, Didube-Chugureti, Gldani-Nadzaladevi, Isani-Samgori, Didgori y Dzveli Tiflisi.

Vista aérea de Tiflis (Fuente: Google Maps)

-¡No amplíes más el mapa! –Exclamó Isabel acercándose a la pantalla- Avanza hacia el sur, aquí, en el Distrito Dzveli Tiflisi. Creo que lo hemos encontrado.

En el sector suroeste de la ciudad se encontraba el Distrito Dzveli Tiflisi o Vieja Tiflis. Rubén encuadró la imagen del mapa y lo amplió.

-¡Interesante! –exclamó perplejo por la cantidad de coincidencias entre los datos obtenidos en la interpretación de los cuadros y las imágenes de satélite de Google-. En esta zona están la Catedral de la Santísima Trinidad de Tiflis, Iglesia de Anchiskhati, Catedral de Sioni, Sinagoga de Tbilisi, la Montaña Mtatsminda con la estatua de la madre de Georgia y la Fortaleza de Narikala, el Museo Nacional, el Teatro de la Ópera y el Ballet y, por último, Abanotubani

Se produjo un largo silencio. Ambos no podían dar crédito a lo que estaban viendo. Isabel se ponía más nerviosa mientras Rubén buscaba información sobre Abanotubani.

-¡No puede ser! ¡Imposible! –repitió varias veces Isabel.

-Créetelo. Abanotubani son los baños sulfurosos de la zona más antigua de Tiflis. Aquí tenemos el azufre. Por fin lo hemos encontrado –respondió con una sonrisa-. Según la leyenda, la ciudad de Tiflis se fundó hace 1.500 años en torno a sus aguas termales. Pero será en el siglo VI cuando el rey Vakhtang I Gorgasali fundara la ciudad. Según relatan, estando el rey de cacería hiere a un animal, este huye hacia las aguas termales y milagrosamente se cura. Esta sanación sorprendió tanto al rey que decidió erigir la ciudad junto a la vertiente termal.

-Eso confirma que el acceso al oro de la República española está en el margen izquierdo del río Mtkvari, en los baños sulfurosos.

Rubén hizo una mueca de duda. No tenía claro que los baños en sí fueran el punto de entrada.

-Es posible que inicialmente fueran el lugar por donde acceder al oro, pero hay que tener en cuenta que son construcciones que han sufrido destrozos y dejaron de ser públicos hace unos años. Se subastaron por unos cuatro millones de dólares –hizo una pausa y miró a Isabel-. Creo que debemos buscar otros edificios o construcciones que  no sean tan vulnerables.

Isabel comenzó a dar vueltas por el estudio con los brazos cruzados. De vez en cuando se tocaba la barbilla o pellizcaba los labios con aire reflexivo. Rubén, en cambio, seguía escudriñando el mapa de la Vieja Tiflis en busca de nuevos enclaves.

-Atendiendo a los datos reales y simbólicos que tenemos –meditó en voz alta, con su característico monólogo-, la entrada está cerca de un lugar sagrado, un templo ortodoxo, a juzgar por la Cruz rusa del cuadro; en el margen izquierdo de un río; cerca de una zona que protege y a la vez da la vida, si nos atenemos a la interpretación de la estatua dorada de la Koljosiana; un lugar donde literal y simbólicamente hay azufre.

-En la Vieja Tiflis hay una estatua llamada Kartlis Deda o Madre de Kartli –especificó Rubén mientras acercaba la imagen-. Está situada en la colina Sololaki y representa a la ciudad –hizo una pausa y volvió a mirar a Isabel con decepción-. Hay un inconveniente, fue construida en 1958, décadas posteriores al cuadro.

Isabel paró en seco y giró hacia la pantalla.

-¿Qué más hay por la colina Sololaki? –preguntó como si siguiera una corazonada.

-Alrededor están la Catedral de Tiflis, los Baños de azufre, la Mezquita Jumah  Mosque, el Monasterio de Tabor, el Jardín Botánico Central de la Academia de Ciencias de Georgia y Narikala.

-Me es conocido el nombre de Narikala. Acerca la imagen.

-Parece que es una fortaleza situada a los pies de la colina. Por lo que vemos, tiene dos murallas entre los baños sulfurosos y el jardín botánico. Dentro está la iglesia de San Nicolás –Rubén supo por la expresión de Isabel que estaban más cerca de conseguir la localización, el punto de partida para encontrar el oro-, construida en el siglo XII. Parece que todo concuerda. La fortaleza Narikala es el lugar más apropiado.

-Creo que merece la pena estudiar la zona y visitarla.

Los ojos de Isabel brillaban con luz propia haciéndola más misteriosa. Continuó mirando el recinto amurallado como si realmente estuviera allí. No podía reprimir la sonrisa de satisfacción al pensar que todo el trabajo no había sido en vano. Por primera vez daba gracias a Víktor Petrograd por conducirles por aquel extraordinario viaje a través del tiempo y la cultura.

-Necesitaremos trazar un plan para evitar que Ignacio Gorján nos siga.


-Yo me encargo de todo –contestó con una sonrisa malévola.

jueves, 6 de julio de 2017

El cuadro. Capítulo 22




- 22 -


Dmitri Prestupleniye siempre había tenido sus oficinas centrales en la ciudad de San Petersburgo, centro financiero de Rusia. Se encontraban muchas de las mayores empresas del país y continuaba desarrollándose con los distintos proyectos de innovación. Sin embargo en Moscú estaba naciendo otra City o Wall Street: el Centro Internacional de Negocios de Moscú. En 1992 el gobierno decidió llevar a cabo un ambicioso proyecto construyendo una ciudad dentro de otra con una extensión de un kilómetro cuadrado. Los viejos edificios, las antiguas fábricas, estaban siendo sustituidas por rascacielos de última generación. Para Ignacio Gorján era una oportunidad trasladar el cuartel general del imperio empresarial del magnate al que iba a ser el centro del mundo financiero de oriente. Desde el rascacielos Bashnya Federatsiya podía verse el río Moskvá con sus cuarenta y nueve puentes, el Distrito Presnensky, las tierras altas de Tioply Stan e incluso todo el anillo de circunvalación. Realmente podía ver todo. Aunque no habían terminado de construir las 95 plantas de la Vostok Tower, la torre más alta de las dos que componían el rascacielos con una altura de 374 metros, él se sentía el rey del mundo. Sentía que lo dominaba todo. Pero por poco tiempo. Los nuevos tiempos y el largo y fatigoso camino de la vida le estaban conduciendo al final. Era hora de entregar el testigo a las nuevas generaciones y reconducirlas el tiempo que le quedara de vida.



El despacho era una conjunción entre el pasado y el presente. Parte de los muebles imperiales de San Petersburgo junto a cuadros de pintores rusos y una selectiva colección de obras de arte se mezclaban con el estilo vanguardista del edificio, las paredes blancas, el suelo de mármol extremadamente pulido y la fachada acristalada que ofrecía tan imponentes vistas. Lo único que diferenciaba del resto de despachos y oficinas era la robusta mesa de nogal en la que no había ordenador. Solo un juego de escritorio, un porta retratos y un teléfono muy sencillo.

Prestupleniye se dirigió al mueble bar y se preparó una copa de coñac. Luego abrió un humidor cuya temperatura estaba a 19 grados y la humedad del 70%. Dentro había una colección de habanos Montecristo, elaborados artesanalmente con hojas de tripa y capote de Vuelta Abajo, en la provincia cubana de Pinar del Río. Desde la Revolución cubana allá por 1953, cada 26 de julio recibía todos los años un lote de puros habanos por gentileza de los hermanos revolucionarios. Le gustaba esta marca en contraposición a Romeo y Julieta, muy apreciada por Winston Churchill. Según él, incluso los habanos tenían su propia ideología. La abrió y con suma delicadeza tomó uno iniciando el rito de todo fumador. Con una pequeña guillotina cortó de forma limpia y precisa la parte trasera retirando con cuidado la vitola. Respiró profundamente mientras escuchaba música clásica que provenía de algún rincón indeterminado, como si el sonido formara parte del aire. Cogió un largo fósforo de corteza de cedro, lo encendió y fue encendiendo el habano lentamente, girándolo para que la llama cubriera uniforme la superficie. Realmente no fumaba en el sentido general del término. Un buen fumador de habanos nunca se tragaría el humo, al contrario, el disfrute consistía en paladearlo, en sentir todos sus matices. Las primeras caladas eran un anticipo del aroma que realmente disfrutaría  si se lo tomaba con tranquilidad. Se sentó en el sillón del escritorio y giró hacia la cristalera para contemplar su mundo.


***


El hombre corpulento de cabeza rapada entró en el vestíbulo y se dirigió con disciplina hacia la secretaria. Vestía un traje de Brooks Brothers de lana merino y cachemira y, aunque su porte era el de un militar, aquella chaqueta hecha a medida le daba un toque distinguido, señorial. La joven rubia de ojos azules se ruborizó respondiéndole con una tímida sonrisa. Él sabía la sensación que producía en las mujeres y eso le gustaba. Incluso en más de una ocasión se había aprovechado de ese encanto para su propio beneficio.

-El señor Dmitri Prestupleniye me espera –dijo con voz cálida, casi susurrante.

La secretaria consultó en su ordenador y tras un leve asentimiento le pidió que esperara en uno de los vanguardistas sofás blancos. Pasaron unos minutos hasta que finalmente se levantó para acompañarle hasta la puerta del despacho. Llamó y la abrió anunciando la llegada del hombre. Prestupleniye seguía en su sillón mirando el contraste de rascacielos y edificios antiguos.

-¿Alguna novedad sobre los cuadros?

El hombre permaneció de pie, cuadrado como un buen soldado en formación, frente a la mesa de nogal.

-Todo va según lo previsto señor. Han determinado varios posibles lugares. No obstante, señor, han enviado los cuatro cuadros para ser analizados por rayos X. Quizás encuentren alguna inscripción bajo la última capa de pintura.

-Bien, bien. Estás haciendo un buen trabajo –el hombre no pudo evitar una leve sonrisa-. Aunque no creo que hayas llegado hasta aquí para decirme esto.

-No, señor. Quería tratar un tema muy delicado con usted en persona.

Un frío silencio cubrió todo el despacho, como si de repente los aires del norte inundaran la estancia volviéndola más glacial. No sabría precisar si se trataba del sabor amargo que comenzaba a sentir del habano o las malas noticias que su ayudante estaba a punto de dar lo que le produjo una brusca salida de ese estado placentero al que se había sumergido una hora antes. Giró el sillón posando la copa de coñac en la mesa y el habano en el cenicero.

-¿De qué se trata? –preguntó con voz cortante.

-Señor desde hace unas semanas he detectado anomalías en la División de Latinoamérica. En principio deduje que se trataba de variaciones debidas a la situación política de la región. Sin embargo, hemos comenzado a tener pérdidas y, lo más desconcertante, las inversiones son poco transparentes.

-¿A qué se refiere exactamente?

-Hay muchos movimientos de compraventa incoherentes, adquisiciones que no están reflejadas oficialmente y -se detuvo unos segundos para acentuar el efecto que deseaba crear en su jefe, desatar la ira contra Ignacio Gorján-… cuentas bancarias en las que se está transfiriendo pequeñas cantidades de dinero.

Prestupleniye lo observó con frialdad. Aunque tenía plena confianza en aquel hombre corpulento, no le gustaba que se inmiscuyera en los asuntos de una División que no le competía.

-Con el debido respeto, señor –dijo el hombre corpulento sabiendo de antemano lo que su jefe estaba pensando-, aunque yo me encargo de la División asiática, también tengo a mi cargo la seguridad. No puedo ignorar determinados hechos que pueden perjudicar a las empresas. No pretendo culpar a determinadas personas, solo informar que nuestra seguridad y nuestra imagen pueden comprometerse.

-Ya me encargo del asunto personalmente. Puedes retirarte.

El hombre inclinó la cabeza a modo de despedida y girando sobre sus tacones giró hacia la puerta. El puro habano se consumió lentamente hasta llegar a una muerte digna. El viejo empresario cogió la copa de coñac y volvió a girarse hacia la cristalera. Ahora no veía un paisaje hermoso, digno solo para los dioses, observaba una ciudad ajena, extraña. Añoraba San Petersburgo, la ciudad donde surgió todo, la que le dio el poder. Siempre había sido reticente a la hora de trasladar la sede central a Moscú, pero se dejó convencer por Ignacio Gorján vendiéndole un emplazamiento que distaba mucho de ser la Gran Manzana financiera. El Centro Internacional de Negocios de Moscú no cubría sus expectativas. El gigantesco proyecto de crear un complejo de última generación donde situar uno de los mercados más importantes del mundo no llegaba a consolidarse. Al contrario, San Petersburgo le estaba ganando la batalla. Quizás había confiado demasiado en Ignacio Gorján.

El hombre corpulento obsequió a la secretaria con una rosa que guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta. Ella enrojeció cogiéndola con mano temblorosa.

-Un anticipo. Pronto trabajarás para mí, encanto.

Marchó por el largo pasillo hasta el ascensor principal satisfecho. Había comenzado la tercera fase de su plan.


***


Juzgados de la Plaza de Castilla. Juzgado de Instrucción.

Sobre la mesa del juez de instrucción había un informe completo sobre cuentas bancarias, empresas, inmuebles y vehículos de alta gama referentes a Ignacio Gorján. Acompañaban informes anexos de INTERPOL y EUROPOL ampliando y confirmando los datos. Quedaba poco tiempo para hacer una valoración previa, aunque no cabía duda de que podía haber un posible delito económico y fiscal.


***


Dos días habían transcurrido desde que Julia recibió los tres lienzos para su análisis por rayos X y César Bloziat contactara con Parisi. Isabel y Rubén se inquietaban cada vez más. La impaciencia por conocer los resultados los distraía hasta el punto de mirar cada hora el correo electrónico o el teléfono. Cuanto más pasaba el tiempo mayor era la preocupación, temiendo que todo fuera fruto de la imaginación. El arte, aunque suele crearse bajo unas reglas, siempre existía la interpretación personal, el punto de vista influido por factores sociales, educativos y religiosos. Aunque la investigación en conjunto parecía llevarles por el camino correcto, siempre había un vacío de duda. En ese momento no estaban seguros de si seguía existiendo el oro de la República española y si los cuadros eran la llave para llegar hasta el preciado tesoro.

Durante la mañana del viernes, al igual que el día anterior, intentaron trabajar en otros encargos y mantener la mente ocupada. Isabel continuaba con el catálogo y en dos ocasiones atendió varios clientes. Rubén repasaba las notas que tomó en su conversación con el viejo espía de Marsella y analizó por quinta vez el estudio que Isabel hizo de los cuadros. Nuevos gráficos, esquemas y apuntes llenaban la mesa de estudio mientras en la papelera se amontonaban ideas absurdas.

A mediodía el desconcierto y la duda se acrecentaron al recibir la peor noticia. Julia llamó a Isabel para avisarle que se pasaría por la tienda para enviarle un regalo cuyo valor era más sentimental que económico. No podían creer que bajo la pintura de aquellos tres cuadros no hubiera, al menos, correcciones o añadidos. Se habían pintado sin esbozo previo, realizando limpios y únicos trazos. «Quien pintó los cuadros se tomó la molestia de evitar que se manipularan», comentó Julia ante una Isabel decepcionada, frustrada. Rubén sentía lo mismo. Era, como vulgarmente se dice, igual que si les hubieran arrojado agua fría. El abatimiento por los días pasados, el viaje a Marsella, las entrevistas, les estaba llevando al desaliento.

Solo quedaba una mínima esperanza de continuar con la investigación. Hasta el momento César no se había puesto en contacto con ellos y eso les alentaba. Sabían que el viejo anticuario marsellés estaba muy interesado en los resultados, en el negocio que podía llegar a hacer con Parisi. Cualquier noticia, ya fuera buena o mala, la hubiera comunicado rápidamente.

La tarde continuó con mayor pesadumbre. Isabel volvió a poner los lienzos en sus respectivos bastidores sin dejar de mirar las distintas imágenes buscando una respuesta. Sobre las ocho llegó Rubén. Se preparó un café y se limitó a dar vueltas por el estudio. En la pantalla de la pared estaban las ampliaciones de los cuatro cuadros mientras los tres originales permanecían en caballetes junto a la estantería. Las miradas iban de un lugar a otro. Realmente no sabían qué buscar. Isabel permaneció unos segundos mirando la pantalla, como si se entretuviera buscando diferencias entre dos imágenes, hasta que en el lado inferior derecho apareció un mensaje de la bandeja de entrada. Rubén dejó la taza de café en la mesita y ambos corrieron hacia el teclado para abrir el correo electrónico. Isabel comenzó a temblar cuando descubrió que el remitente era César. El pulso se aceleró sintiendo como la adrenalina activaba por completo su cuerpo. Con el cursor abrió el mensaje:  



Mi querida Isabel:

Hoy he adquirido una edición príncipe de “Viaje al Centro de la Tierra”. Como sé que eres una amante de este viejo e incomprendido viajero, te mando por mensajería urgente la obra. Seguro que disfrutarás del extraordinario relato que esconden las páginas.

Siempre tuyo,

César Bloziat


Ambos se miraron unos eternos segundos. Sentían un pequeño cosquilleo recorriendo el cuerpo hasta llegar a las manos. Del desaliento pasaron a la euforia, al optimismo, a la ilusión.

-¿A qué hora habrá mandado el libro? –Preguntó Isabel ansiosa- Cuánto se tarda desde Marsella a Madrid, ¿unas horas, un día, varios días? Dice que lo ha enviado por mensajería urgente. Eso significa que vendrá por avión.

-Creo que necesitas una tila –dijo Rubén mientras se dirigía a la cocina-. Te la prepararé.

-Lo que necesito son los resultados del último cuadro –miró por un momento al taller donde tenía escondido un paquete de cigarros. Por instinto hizo amago de ir pero desistió, tenía que ser fuerte-. ¿Qué habrá encontrado? Presiento que estamos cerca. Ahora sí.

Caminó por el estudio con los brazos cruzados, parándose de cuando en cuando ante la pantalla para estudiar El Jardín Dorado y luego continuaba cabizbaja reflexionando. En el mismo momento en que comenzó a silbar la tetera sonó el timbre. Isabel verificó rápidamente quién llamaba a través de la pantalla del ordenador conectada a una cámara de vigilancia.

-Es el repartidor –bajó de dos en dos los escalones hasta llegar a la puerta.

Rubén esperaba en la cocina preparando la tila mientras escuchaba como se despedía del repartidor y subía nuevamente las escaleras como una niña. Rasgó con fuerza la bolsa de la empresa de transporte y sacó un paquete que fue desenvolviendo de la misma forma. Dentro había un libro antiguo en francés, primera edición de Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne. Lo abrió y comenzó a buscar entre las tapas y el lomo. Fue rápidamente hacia la lámpara de lupa y lo examinó minuciosamente.

-Aquí no hay nada –dijo desesperada.

-Quizás no has mirado donde te ha dicho –respondió Rubén cogiendo el libro y mirando entre las páginas. En el centro mismo había una pequeña pieza de plástico negro-. Aquí lo tienes. Una tarjeta de memoria.

Isabel se la quitó inmediatamente de la mano y la introdujo en un adaptador. Rápidamente accedió a la carpeta encontrando varias imágenes. Las seleccionó y pulsó la tecla Enter para abrir los archivos. Todos ellos eran imágenes ampliadas del mismo cuadro. Ambos se quedaron sorprendidos, fascinados por el nuevo hallazgo. No daban crédito a lo que veían. Rubén amplió la ventana de una de ellas.